La ciudad bulle mucho antes de que salga el sol. Las luces de neón aún parpadean, un vendedor ambulante recoge sus cosas y, en algún lugar, el motor de una moto ruge al arrancar, con un sonido grave, constante y vivo. Ese sonido rompe el silencio, como un latido que despierta las calles.
Cuando usted anda en bicicleta por la ciudad, no se trata de huir. Se trata de pertenencia al caos: zigzagueando entre el tráfico, alcanzando el último semáforo en verde, sintiendo el aire que pasa a toda velocidad por su chaqueta. No solo recorre las calles, sino que convertirse parte de ustedes.
Todos los motociclistas conocen esa sensación: el momento en el que el mundo se ralentiza y la moto se convierte en una extensión de sus pensamientos. Gira el acelerador, se inclina en una curva y, por un segundo, todo encaja: el equilibrio, el sonido, la velocidad y la respiración. No es adrenalina. Es conciencia.
Usted pasa junto a vallas publicitarias luminosas, paredes cubiertas de grafitis y cafeterías medio dormidas. El olor a gasolina y lluvia se mezcla en el aire. Quizás suene una canción dentro de su casco, quizás no: el ritmo de la ciudad es música suficiente.
Recorrer la ciudad por la noche es una experiencia diferente. Se ven rostros en los coches que pasan, ventanas que brillan con la luz azul de las pantallas nocturnas, calles mojadas por una llovizna repentina. Está allí, pero también en otro lugar, dentro de su propio espacio, de su propio flujo.
Hay quien dice que las motos son para rebeldes. Quizás sea cierto. Pero los verdaderos motoristas saben que no se trata de rebeldía, sino de liberación. Un momento de honestidad en un mundo que siempre va a toda velocidad. A la carretera no le importa quién sea usted, a qué se dedique o de dónde venga. Sobre dos ruedas, todos somos iguales.
Y cuando la ciudad finalmente despierta, cuando los autobuses salen y las bocinas comienzan a resonar, usted ya está a kilómetros de distancia, con el motor rugiendo y la mirada puesta en el horizonte. No conduce para escapar de la ciudad. Conduce para sentirla. Para despertarla. Para despertarse. usted mismo arriba.
Porque en cada curva, cada semáforo en rojo, cada zumbido del motor, hay un latido. El de la ciudad. El suyo. El mismo ritmo.



